Por Andrés Penachino
Cuando se produce una catástrofe,
ésta se puede deber a razones naturales o provocadas por el hombre.
Las catástrofes provocadas por la
naturaleza se vienen sucediendo desde la aparición de la especie humana. El
Diluvio Universal, Pompeya y Herculano y otras, quedaron plasmados en los
sagrados libros como castigos divinos. Hoy, ante el avance de la tecnología,
podríamos decir que el castigo divino es el castigo de "los
improvisados".
Se nos presentan además otros tipos
de catástrofes, las provocadas por el hombre.
La revolución tecnológica desde su
comienzo hasta la actualidad, ha dejado una gran cantidad de improntas muy
grandes, y hoy vemos sus consecuencias buenas y malas.
Lo cierto es que las catástrofes se
han vuelto más complejas conforme al desarrollo logrado, dando paso a las
catástrofes sociales y/o tecnológicas, y a la asociación errónea de las mismas
con los meteoros naturales.
Esto nos dice a las claras que la
civilización tiene un costo. Y es innegable que la previsión puede limitar los
alcances de un hecho fortuito. No se puede, en modo alguno, justificar los
daños ocasionados, más allá de los admisibles e imposibles de evitar a la
fatalidad.
Si existen los medios adecuados
dispuestos como medidas pre-emergentes, y se utilizan en el momento oportuno,
se puede acotar el daño a lo mínimo imprevisible.
Aún en la devastación que provoca
una guerra, con la organización ante emergencias se pueden mitigar sus efectos.
Un claro ejemplo fueron los equipos de observadores voluntarios ingleses de
incendios durante la Segunda Guerra Mundial.
Corría el 12 de octubre de 1940 en
la Inglaterra devastada por las toneladas de bombas descargadas por la aviación
alemana. El retiro de Neville Chamberlain, forzado por su grave enfermedad, condujo en Inglaterra
un importante cambio en los Ministerios. No obstante, durante la gestión de
Chamberlain se había organizado en su gabinete un Comité de Defensa Civil. Este
comité se reunía regularmente todas las mañanas para estudiar la situación, que
variaba cada día a medida que las ciudades iban siendo destruidas por los
ataques alemanes.
El recién nacido gabinete
ministerial de Winston S. Churchill debió variar su política, debido al cambio
del enemigo en su método de ataque.
Con la luna llena del 15 de Octubre,
480 aeroplanos alemanes arrojaron unas 380 toneladas de bombas de alto poder
explosivo, además de unas 70.000 bombas incendiarias.
El Comité de Defensa Civil hasta esa
noche había instado a la población a acudir a los refugios subterráneos, mientras
se trabajaba denodadamente para construir nuevos.
El nuevo ministro del Interior debió
sustituir la orden de "acudir a los subsuelos", por la de "subir
a los techos". Se puso en marcha y en escala gigantesca una organización
de vigilancia y de servicios contra incendios que cubrían toda la ciudad de
Londres, aparte de otras medidas tomadas por distintas ciudades de provincias.
Al comienzo, los observadores fueron
civiles, voluntarios. Los ciudadanos, con un breve entrenamiento, en muy poco
tiempo habían adquirido la experiencia suficiente para identificar cada noche
miles de incendios, y alertar a los cuerpos de bomberos para ser extinguidos
antes de que se propagaran. Las guardias nocturnas en las azoteas se hacían
noche tras noche, bajo el fuego enemigo y sin otra protección que un casco
metálico.
La guardia contra incendios deja de
ser voluntaria para pasar "no sin antes lograr el consentimiento
general", a ser obligatoria. También se unificó el Servicio Nacional
contra Incendios. La centralización
del servicio de incendios proporcionó una mayor movilidad, mejor adiestramiento
y mejor organización.
Se organizaron columnas regionales
prestas a dirigirse a cualquier punto de la ciudad en contados minutos. Se
repartieron un gran número de uniformes a los miembros de esta nueva
organización, quienes poco tardaron en entender que constituían la "cuarta
arma" de la corona.
Las mujeres desempeñaron un
importante rol en la Guardia Contra Incendios, donde actuaron con gran
valentía. También prestaron una ayuda invalorable en los refugios.
Londres y otras ciudades para ese
entonces estaban devastadas, las bombas caían sobre las ruinas, provocando sólo
daños sobre escombros; nada quedaba por quemar o destruir. Sin embargo, los
sobrevivientes hacían de las ruinas sus hogares, y desde allí salían a trabajar
todos los días. Algunos de ellos también hacía guardias en la noche.
Este es un episodio de guerra, donde
la solidaridad del pueblo inglés, aún a riesgo de su propia vida, mancomunando
esfuerzos con los hombres que hacían la guerra, logra disminuir notablemente
los daños que provocaban las bombas caídas sobre ellos.
La historia está plagada de
esfuerzos solidarios, en los que la ciudadanía se organiza y colabora con el
Estado para mitigar algún evento o una catástrofe, tal como el ejemplo del
pueblo inglés.
Al abordar esta cuestión, conviene
tener presente que las catástrofes son fenómenos colectivos. Es lógico entonces
abordarlo a través de un sistema colectivo.
Las catástrofes son eventos
repentinos y generalmente imprevisibles, pero lo que marca a fuego es la
desproporción repentina entre la magnitud del daño y las estructuras encargadas
de controlarlo, especialmente cuando aquellas estructuras quedan desarticuladas
por la catástrofe misma.
A este evento se lo denomina segunda
catástrofe, la que desemboca en la ausencia o la mala utilización de los
recursos disponibles.
La duplicación de esfuerzos
descentralizados y desorganizados redobla, a su vez, los costos de los recursos
económicos y los recursos humanos.
En nuestro país existe una notoria
ausencia de centralización conductiva que lidere la multiplicidad de
Organizaciones Gubernamentales y No Gubernamentales convocadas y autoconvocadas
en situaciones de desastre nacional y/o regional, y en la ejecución de las
decisiones que se impongan.
Tal cual el citado ejemplo inglés,
esta centralización conductiva deberá asimismo promover la descentralización
operativa para evitar la burocratización inconducente en situaciones que, por
el alto impacto psicológico en la población, provoquen la reprobación popular.
Falencias
La ausencia de un Mapa Nacional de
catástrofes pormenorizado, producto de una minuciosa valoración de riesgos y
evaluación de vulnerabilidades reales y/o probables de cualquier índole y
magnitud con aproximación al impacto económico inicial.
La ausencia de un Registro Nacional
de los recursos materiales y humanos, con detalle de su capacidad real y/o
potencial, tiempo de empleo y alcance, que contemple todo tipo de organización
posible.
La ausencia de Planes de emergencia
-tipo estándar- ante situaciones de catástrofes, que determinen la estructura
jerárquica y funcional de las autoridades y organizaciones llamadas a
intervenir, para su empleo inicial, lo suficientemente flexibles para permitir
la inclusión o modificación de medidas ante una realidad concreta, como
asimismo la coordinación de recursos tanto públicos como privados.
La ausencia de una currícula que
defina el perfil y nivel de capacitación necesaria para desempeñarse en equipos
de catástrofes, tendientes a disminuir la improvisación y/o disparidad de
criterios en el accionar de los grupos.
La ausencia de un marco legal que
proteja el accionar de los socorristas en circunstancias de excepcionabilidad
donde, si el bien jurídico más importante es salvar la vida humana, es difícil
de aplicar, y más aun de juzgar y/o sancionar.
El temporal de Abril de 2012 que
azoto a gran parte del GBA es un ejemplo, más que valido y actual, de todas
estas falencias.
Esto pasa porque quienes debieran
planificar tienen poca conciencia de la rentabilidad de la prevención.
En aquella situación se manifestó
una notoria ausencia de un plan de emergencia estándar que determinase una
estructura jerárquica y funcional, de las autoridades y organizaciones llamadas
a intervenir, como así también de la coordinación de los recursos públicos y
privados.
“Donde nadie manda, todos mandan;
donde todos mandan, nadie manda”. Es el caos -previno el pensador Bouset-.
Esto nos lleva a pensar ¿cuánta
seguridad hace falta?
Prevenir es anticiparse, tal es el
caso del terremoto acontecido en 1997, en la ciudad de Los Ángeles, que se
produjo a sólo dos semanas de haberse ejecutado un simulacro de evacuación
general en la ciudad, provocando así escasas victimas.
En mayo de 2004, tras un simulacro
se evacuó la localidad de Dunquerque, con el argumento de una catástrofe
nuclear provocada por el estallido de un reactor ubicado en esa localidad. De
ocurrir realmente esta catástrofe cada ciudadano de Dunquerque sabrá
exactamente qué hacer.
Nuevamente, cabe preguntarnos
¿cuánta seguridad es suficiente?
Situándonos como víctimas de una
catástrofe potencial podemos alcanzar una idea de esa necesidad, la que
convendría ser manejada bajo las pautas que se dan a continuación.
En este punto deberemos analizar:
Vulnerabilidad:
Selección del tipo de catástrofe;
identificación de componentes; determinación de efectos sobre sistemas;
estimación de recursos y su capacidad de respuesta; determinación de
componentes caóticos; frecuencia y magnitud posible; puntos débiles y fuertes;
daños físicos en estructuras; contaminación; comunicaciones, transporte,
recursos comunitarios; instituciones; organización; reserva de agua y
alimentos; otros.
Catalogación del riesgo potencial:
Descripción del tipo de riesgo;
localización geográfica del riesgo; análisis de consecuencias; delimitación de
las áreas de riesgo; otros.
Esquema del plan de emergencias:
Catalogación de recursos y medios;
procedimientos de activación del plan; desarrollo del plan; procedimiento de
desactivacion del plan; evaluación, revisión y actualización del plan; otros.
Capacitación y formación:
Programa de simulacro y ejercicios;
campañas de información y sensibilización; Cursos y sesiones de capacitación;
educación pública.
La organización ante las emergencias
o eventos de gran crisis es un derecho y una necesidad en la sociedad
contemporánea. La articulación de las organizaciones creadas para afrontar las
catástrofes aparece entonces como una necesidad imperiosa en los tiempos que
nos toca vivir.
Fuentes consultadas:
La Segunda Guerra Mundial, por
Winston S. Churchill.
Prevención Social ante Emergencias,
de Juan C. Tobar y Susana B. Pastor.
Material del Programa Comunidades
Seguras.
Andrés Penachino