miércoles, 7 de septiembre de 2011

LAS CARAS DE LA CULPA EN VICTIMAS DE VIOLACION Y ABUSO SEXUAL




publica: Andrés Penachino
Entendemos como abuso sexual cualquier acto de índole sexual, incluyendo 
entre otras conductas la violación y la explotación, llevado a cabo con un 
niño o adolescente (menor de edad, cuya edad específica está en función de 
la legislación vigente), dándose de manera repetitiva o en una sola ocasión 
(De León y Alvarez, 2001). 

En el abuso sexual infantil se da una forma de 
poder que se despliega de manera muchas veces sutil del adulto sobre el 
menor, por lo que en este acto se hace poco uso de la fuerza o no se hace 
ningún uso de ella ya que el sometimiento del menor se logra a través de 
insinuaciones, ofrecimientos, inducciones o sugerencias por parte del 
victimario (V. Berlinerblau, 2003).

La violación la tomaremos como una agresión sexual (acceso carnal) en que se 
utilice la fuerza física contra una persona de uno u otro sexo, realizada en 
una sola ocasión. Es importante señalar que las conductas que describen las 
formas de agresión sexual son definidas y tipificadas de acuerdo con la 
legislación vigente en cada país.

Secuelas Psicológicas de los delitos de Violación y Abuso Sexual

El abuso sexual deja secuelas muy graves que afectan diversas áreas de la 
personalidad e implican diferentes incapacidades, pero que por lo general no 
son parte del trabajo cotidiano en la clínica, atreviéndonos a decir que 
esto sucede porque es minoritario el grupo de víctimas que acude en busca de 
ayuda terapéutica en relación con el número real de ocurrencia. Esta es una 
de las razones por las cuales las estadísticas que se levantan sobre el tema 
no reflejan la realidad del verdadero monto alcanzado en cuanto a la 
ocurrencia del abuso; las víctimas no acuden o tardan mucho en acudir por 
ayuda terapéutica guardando un secreto que produce en ellas una agonía por 
los sentimientos concomitantes que esta represión voluntaria conlleva, y ni 
hablar de la acción de la represión en su dimensión inconsciente o 
involuntaria.

En nuestra experiencia clínica de trece años, hemos observado que estas 
secuelas afloran tras la carátula de un trastorno de pánico, de ansiedad, de 
depresión o hipocondríaco y problemas de pareja con un trasfondo de 
vergüenza, culpa y/o miedo. El mal, producto del agravio sexual es portado 
en la víctima y reflejado en sentimientos de impotencia, laceración de la 
autoestima, rechazo al propio cuerpo, autocastigo y la imposición de la 
subjetividad (aprendizajes, creencias, percepciones y distorsiones 
cognitivas), que nace a raíz del evento traumático, y que a partir de 
entonces se impone sobre sus sentimientos, emociones y cogniciones. Será la 
culpa el tema de esta intervención, diferenciada claramente del abordaje 
jurídico de la culpabilidad, y que a pesar de involucrar concepciones 
diferentes, convergen en un punto en común, el sujeto involucrado en el acto 
delictivo como víctima o agresor.

El delito sexual deja en cada víctima una huella psíquica, dependiendo de su 
estructura de personalidad y de su contexto histórico y psicosocial, 
traducida en sentimientos de vergüenza y miedo; pero el efecto más 
dramático, es la sustracción y apropiación de la culpa del agresor por parte 
de la víctima, de allí que este sentimiento se incrementa cuando hay 
parentesco o cercanía entre ambos, con lo cual el agresor goza entonces de 
altas probabilidades de aumentar el mecanismo de identificación en la 
víctima. Y es tal el sentimiento de vergüenza y la apropiación de esta culpa 
que hay pacientes que llegan a adoptar medidas punitivas consigo mismos, 
como es el caso de tres pacientes que tuvimos la oportunidad de abordar 
terapéuticamente en indiferentes períodos a lo largo de nuestro ejercicio 
clínico. Las pacientes eran mujeres cuyas edades estaban comprendidas entre 
veintiuno y veinticinco años, con educación secundaria mínima, las cuales 
evitaban salir a compartir socialmente, para negarse así toda posibilidad de 
interactuar con el sexo masculino, porque consideraban que "no lo merecían" 
por haber sido víctimas de violación (Plat González, 2005).

El Sentimiento de Culpa

Hablar de la culpa y de la autoculpa desde un plano cognoscitivo nos lleva a 
apoyarnos en algunos puntos en planteamientos éticos, que por la naturaleza 
de su quehacer, se dictan sobre el comportamiento humano en sus dimensiones 
de voluntad y racionalidad.

Al hablar de sentimiento de culpa entendemos la existencia de un vínculo con 
el hecho delictivo al ser parte de la concretización del acto y por tanto de 
co-paticipación con quien lo ejecuta (el agresor). Esta íntima interacción 
surge necesariamente porque la víctima, al hacerse partícipe del acto 
delictivo, desde el punto de vista cognitivo y afectivo-emocional (por el 
sentimiento de abandono y entrega en el hecho), establece una relación con 
el victimario y asume un rol en la ocurrencia del delito, percibido por la 
víctima inmediatamente o a posteriori de su ocurrencia.

Dado que esta percepción es mediada por las emociones y los sentimientos, se 
produce una deformación en la autopercepción de la víctima dando lugar a un 
sentimiento de culpa, diríamos que metamorfósico, ya que irá configurándose 
con aportes del entorno psicosocial cercano a la víctima. Podríamos decir 
que la cualidad inicialmente amórfica de la culpa irá configurándose en base 
a la etapa del desarrollo cognoscitivo y moral que atraviesa la víctima en 
ese momento y al grado de conciencia moral de su colectividad (familia, 
allegados). Posteriormente irá asumiendo los matices de esta evolución hasta 
llegar a elaborarse como sentimiento cónsono con el desarrollo moral del 
adulto en función de su escala de valores.


La Evolución en el desarrollo de la culpa.

A cada etapa de desarrollo le corresponde un modo particular de percibir y 
significar el mundo. La Psicología del Desarrollo por intermedio de sus 
diversas teorías, que tratan de explicar la evolución del organismo humano 
desde su concepción hasta su muerte, nos proporcionan información valiosa 
sobre el desarrollo cognitivo y moral en las producciones de Ericsson, y 
Vygotsky, de entre muchos de sus exponentes, y en los cuales hemos 
encontrado asidero para nuestros planteamientos sobre la responsabilidad de 
las etapas evolutivas en la plástica de la culpa.

Al repasar la teoría de la personalidad desarrollada por Erick Ericsson 
encontramos que dentro de las primeras etapas del desarrollo psicológico, 
específicamente en la tercera etapa, denominada iniciativa contra culpa, el 
autor identifica en el niño de 3 a 5 años la experiencia de una culpa 
asociada al costo de su conducta exploratoria. El niño a esta edad en su 
afán de conocer y dominar su entorno espacio temporal cae en comportamientos 
que no reciben la aceptación del adulto, sino su censura; iniciándose a 
partir de entonces la formación de una autoimagen negativa de sí, la 
percepción propia de ser malo en función de las demandas adultas; maldad que 
será superada en la siguiente etapa, de industria – inferioridad solo si el 
niño logra aprender cómo se satisfacen estas demandas, mismas que permitirán 
la interacción "sana" con sus padres o maestros. Pero si la transición por 
esta etapa no resulta satisfactoria desde esta óptica, entonces el niño 
transformará su sentimiento de culpa en minusvalía (Rice, 1997).

Un niño abusado en alguna de estas etapas, emite juicios sobre sí mismo, a 
través de juicios sobre su propia conducta a partir de las normas aprendidas 
de sus mayores respecto a la conducta y rol sexual. El niño, pese a saber 
que (en su sometimiento al abuso sexual) complace las demandas de un adulto 
con su pasividad, se incomoda cuando al mismo tiempo está "faltando con 
respecto a normas establecidas previamente por otro u otros adultos. Parece 
ocurrir en este punto que las normas sociales adquiridas, por aprendizaje y 
con anticipación al evento, se han implantado en los esquemas mentales y 
morales del niño, parecido a lo que Vigotsky denominó desarrollo cultural, 
asociado a los procesos mentales de orden superior.

Mayormente resulta la incomodidad o pesar en el menor cuando la ocurrencia 
del abuso se da en la adolescencia, cuando se presenta la búsqueda de 
identidad y de un papel en la vida. Esta etapa es marcada por las presiones 
de la conciencia moral, que no siendo mas que la autovaloración moral propia 
de nuestros actos voluntarios; que el joven generalmente confronta con 
rebeldía o desafío, pero que sin duda orada en su conciencia psicológica. 
Una conciencia psicológica, que nos permite percatarnos de nuestra propia 
presencia, de todas nuestras experiencias psíquicas y de todos los fenómenos 
psicológicos que acontecen alrededor de nuestro yo y que en un momento 
determinado interiorizamos como propios. Y que en el plano de la intimidad 
sujeta al joven a la autorreflexión y a la autovaloración de sus acciones, 
lejos de lo que desea mostrar o aceptar ante sí mismo y ante sus padres u 
otra autoridad, o cuanto pretende aparentar ante sus iguales. A medida que 
va introduciéndose en la etapa adulta, irá mermando en su confrontación con 
el status quo, asimilará progresiva, tácita y mayormente la esencia de esa 
conciencia moral, en función de la cual su subjetividad lo convertirá en 
víctima o inocente ante sí mismo al verse involucrado en un hecho de 
violación o abuso sexual


INOCENCIA O CULPABILIDAD ANTE LA CONCIENCIA MORAL

Considerando que ser víctima convierte al sujeto pasivo en partícipe 
estructural del delito, el vínculo aquí creado con el victimario o que la 
víctima subjetivamente establece con éste, tendrá características 
correspondientes con la percepción negativa que tiene la víctima de sí misma 
como participante en el hecho y por consiguiente, con las distorsiones que 
la misma lleva; aquí la subjetividad determina el valor, la intensidad y el 
carácter de la culpa sentida.

Si en la autoevaluación la víctima interpreta que permitió la ocurrencia del 
acto o que no hizo nada por evitarlo, siente que comparte la responsabilidad 
por el mismo, un acto que a los ojos de la conciencia moral resulta 
inaceptable, porque como voluntario y consciente no responde a lo que el 
hombre desde su intelecto interpreta como digno.

La conciencia psicológica también se presenta; viene a reconocer la 
naturaleza de dicha acción pasiva, sus motivaciones y reforzadores; 
encontrándose en este punto con una realidad objetiva, el goce o placer. Un 
placer biológico que acentúa la participación pasiva de la víctima y 
posteriormente despierta la autoritaria conciencia moral.

La acción propia, la decisión individual, la falla en el control de la 
voluntad, la participación activa o pasiva que igualmente, e 
independientemente del nivel en que se haya presentado finalmente, quedan 
traducidas en complicidad en un acto que aún en la actualidad al menos en 
nuestra sociedad occidental, urbana y estudiada, no es aceptado legal, ni 
moral ni socialmente, ni por la religión cual fuere ésta la de la víctima. 
En estas condiciones, de saber que la acción personal puede recibir el 
rechazo y la censura de la colectividad, ¿puede la víctima escaparse de la 
conciencia moral?

Difícilmente logra hacerlo. Porque si ha llegado al punto de percatarse de 
esta realidad de juicio valorativo por parte de la sociedad en que está 
inmersa (en función de los valores imperantes), entonces legitimiza la 
resultante del proceso de internalización- asimilación, que también a hecho 
de los valores de esa sociedad a través de la socialización. Nos atrevemos a 
plantear que se realiza una integración de aprendizajes de experiencias 
sociales, psicológicas y cognitivas, que tiene mucho que ver con las 
capacidades adaptativas e intelectuales de las víctimas. Hemos observado en 
la práctica clínica – hospitalaria que esta legitimación del juicio 
valorativo de la sociedad no se realiza en las pacientes con deficiencia 
mental, que ante el abuso sexual de que han sido objeto, su respuesta al 
traumatismo es claramente disminuida y en donde el sentimiento de culpa no 
se advierte, por el contrario, se da lo que el ojo común pudiera interpretar 
como incongruente debido a la actitud desembarazada y hasta cínica que se 
observa al momento de entrevistar a las víctimas, como si lo ocurrido 
distara mucho de lo traumático.

En el sujeto común que no atraviesa este tipo de discapacidades cognitivas 
el traumatismo del abuso sexual da lugar a un proceso que los psicoanalistas 
explicarían afirmando que el sujeto en quien se produce el acontecimiento 
traumático posee representaciones constitutivas (en y por su experiencia 
temprana) que le permiten significar el evento que la víctima no produjo 
pero en el que sí participó; entendiendo entonces que se da interpretación 
del evento como traumático solo cuando los esquemas mentales y las historias 
de aprendizajes previos de lo que moral, social e individualmente aceptado 
choca con lo vivido. Se produce entonces una distorsión de la percepción 
sustentada por las distorsiones cognitivas sobre la experiencia vivida 
producto básicamente del proceso de socialización. El traumatismo de la 
violación abre un enigma y crea un estigma para el cual aparecen 
explicaciones en función de los esquemas cognitivos existentes en el sujeto, 
que aunque dañinos resultan eficaces en el logro de sus objetivos, la 
apercepción individual o interpretación propia del evento.


Al convertirse la víctima por medio de su pasividad en partícipe estructural 
del delito, el placer la lleva a ser participante funcional del mismo. Y la 
subjetividad, con todo lo derivado de su autopercepción distorsionada, mas 
las presiones de la conciencia moral, llevan a esta víctima a elaborar un 
sentimiento de culpa y a vivenciarlo con el mayor o menor traumatismo que 
sus recursos de afrontamiento le permitan.

Ser víctima le exime de la culpabilidad jurídica, pero no así de la culpa 
subjetiva porque la conciencia no permite que una conducta considerada como 
inaceptable o indigna evada la sanción, aunque en principio solo sea ésta de 
recriminación. La conciencia castiga creando un malestar psíquico de 
autoreproche y culpa en la víctima.


LAS CARAS DE LA CULPA

El sentimiento de culpa es vivenciado por la víctima en tres modalidades. La 
primera por haber permitido el hecho delictivo o no haberlo evitado y a la 
cual hemos hecho referencia en este trabajo hasta este momento. La segunda 
se constituye cuando se presenta la culpa por la confesión de la ocurrencia 
del hecho (de llegar a confesarlo) y una tercera por las consecuencias 
acarreadas de dicha confesión (de llegar a confesarlo).

Ya que he explicado la primera, pasemos a la culpa que se genera por la 
confesión, por haber violado el secreto, por pasar el límite de lo íntimo. 
Efectuar la narración de un hecho de violación en el que se está vinculado 
no es tarea cotidiana ni sencilla, significa derribar las barreras 
defensivas del yo, autorrevelarse en cuanto a actitudes y acciones propias 
que develan significados que pueden resultar muy diferentes para quien 
escucha y decodifica el mensaje sobre la ocurrencia el evento Sacar la 
intimidad es exponerse a la valoración social, en donde, al igual que en el 
derecho, existe el principio de la duda, con la diferencia de que en este 
último dicho principio ha sido creado con la intención de beneficiar al 
imputado, pero la sociedad, a quien juzga no siempre le da ese beneficio. Me 
refiero en especial a sociedades tradicionalmente sexistas como las que aún 
conforman muchos de nuestros pueblos latinoamericanos, en donde existe una 
relación muy estrecha entre el pudor de las jóvenes y el honor familiar, 
entre la castidad femenina que ha de llevarse al matrimonio y la 
honorabilidad del futuro esposo y entre la fidelidad de la esposa y la 
masculinidad y dignidad del esposo (valores del siglo XIX), pero que se 
preservan por ontogénesis.

La autorrevelación también conlleva vencer el miedo a desenmascarar al 
victimario; es sentir que a la vez se le traiciona con respecto a un momento 
de su propia intimidad, al tiempo que aflora la incertidumbre por la 
posibilidad de que se concreticen las amenazas recibidas del perpetrador del 
hecho. La revelación de la intimidad del hecho se inicia cuando la víctima 
lo confiesa dentro del marco familiar o de confianza que le ofrecen las 
figuras significativas para ella como pueden ser los padres, hermanos, un 
amigo(a), un profesor del colegio, etc., pero al tomar la decisión de 
denunciar legalmente al victimario, ya la confesión sale de ese contexto 
familiar o cercano de seguridad y ello significa hacer que la 
autorrevelación pasa al plano de lo público. Lamentablemente nuestro sistema 
de justicia aún dista de ser un organismo con los elementos necesarios para 
menguar la diferencia existente entre lo legal y lo psicológico, por lo que 
todo el proceso generado a partir de la denuncia expone a la víctima a un 
enfrentamiento con su culpa cada vez que tiene que repetir lo sucedido o dar 
respuesta una y otra vez en cada instancia del engranaje de justicia. 
Tampoco dejamos ausente en este proceso de revictimización la iatrogenia, 
que podemos encontrar en las medidas terapéuticas que en muchos casos, lejos 
de la una mala intención de quienes las implementan media una deficiente 
preparación profesional, desemboca en incremento de la culpa y la ansiedad 
en la víctima.



Una tercera faceta de la culpan corresponde a las consecuencias acarreadas 
por la confesión de lo ocurrido nos referimos a todas aquellas situaciones 
conflictivas que se derivan de ello, considerando que son estas 
consecuencias las que constituyen precisamente el móvil de las bajas cifras 
de denuncias de violación o de abuso sexual en relación con la casuística 
real. Encontramos en primera instancia aquellos casos en que el victimario 
es un miembro de la familia y la dinámica de esta se altera cuando la 
víctima sufre de manera privada y pública el reproche familiar de ser el 
causante del problema que el núcleo familiar ahora confronta. En la práctica 
vemos estos problemas en los casos de abuso sexual infantil, a través de una 
realidad convulsionada por la disminución o anulación total del ingreso 
familiar cuando se detiene al agresor y es éste el principal proveedor 
económico del hogar. En otros casos vemos el resentimiento derivado de los 
celos si el abusador es el cónyuge o pareja de uno de los progenitores, al 
haber despertado la víctima deseos sexuales en este (a).

Una tercera razón la encontramos en las disputas familiares cuando unos 
parientes dan crédito a la víctima y otros al victimario. Un cuarto motivo 
lo encontramos en la duda con carácter reprochable que nace en aquellos 
miembros de la familia que con su actitud silenciosa y de no involucramiento 
castigan a la víctima. Ni hablar de otros personajes familiares, 
primordialmente los hermanastros, al expresar el disgusto por la separación 
inesperada y abrupta, que la legislación a través de los mecanismos de 
represión, les ocasiona. Se les crea la separación física con un ser querido 
para ellos (el victimario), trastocando con ello el patrón de las 
interacciones conductuales emocionales y afectivas existente entre ellos. La 
penalización del victimario crea en sus familiares pérdida temporal que 
estará en función del establecimiento de las penas en cada legislación y que 
en la actualidad llevan la tendencia hacia su incremento; y todo esto porque 
un niño en la familia se atrevió a decir "cosas negativas" sobre alguien 
importante para el bloque familiar.

En el caso de mujeres adultas casadas o con pareja que han sido violadas 
encontramos situaciones diversas. En unas ocasiones las víctimas callan ante 
sus parejas para no herirles en su amor propio (recordemos la relación 
masculinidad del esposo – fidelidad de la esposa), en otras circunstancias 
callan por temor a no ser creídas y resultar crudamente juzgadas y 
recriminadas por éstos; otras veces, por vergüenza ante sus parejas y ante 
sus hijos por la revelación de "algo íntimo".

He encontrado que existe además un grupo de mujeres sin pareja que sufre 
ante la idea de "tener" que confesarle el hecho a una posible o próxima 
pareja (recordemos ahora la relación pudor de la novia – honorabilidad del 
esposo). Aquí la culpa parece presentarse simplemente ante la idea de una 
probable confesión ante alguien que todavía no es parte de la realidad de la 
víctima y ante quien, respondiendo solo a su subjetividad, está obligada ha 
efectuar dicha confesión. Esto indica que la culpa está allí, ya existe 
desde el momento en que la víctima la elaboró ipsofacto a la ocurrencia del 
hecho.


Y por último, sin considerar que se presente en menor frecuencia, 
encontramos a la mujer que calla por temor a ser castigada por su propia 
pareja y por la censura social, porque como ya hemos dicho, la sociedad no 
siempre concede el beneficio de la duda.

La culpa que en estos casos se experimenta es proporcional con la ansiedad 
que genera el conflicto ocultar-revelar, y ni se diga de los casos en que ha 
resultado un embarazo producto de la violación; es tan fuerte el sentimiento 
de culpa por temor a la pareja que en algunos casos la mujer planifica las 
estrategias para responsabilizar al esposo de dicho embarazo, sin pensar en 
las consecuencias que a largo plazo solo logran incrementar esta culpa, 
culpa agravada igual que aquella que experimentan las víctimas que nunca 
hablan, que callaron considerando que esta era la mejor alternativa y 
olvidando que la conciencia moral es un juez que no perdona a su portador, 
en este caso a víctima.

En una paciente de cincuenta y nueve años, que había sido violada por su 
padre en reiteradas ocasiones por un período de cuatro años cuando ella era 
niña, se presentó el sentimiento de culpa por haber callado toda una vida 
(por primera vez lo confesaba en sesión terapéutica), tras acumular también 
mucha rabia y resentimiento sobre esta persona, cuando se sintió segura de 
poder hacer la confesión ya su padre había fallecido. Manifestaba en sesión 
que había deseado muchas veces desahogarse con este personaje, gritarle a la 
cara todo lo que sentía y que se enterara de su dolor pero sus creencias 
religiosas y convicciones éticas le impidieron hacerlo. Ya muerto, se le 
agravaba el sentimiento de culpa al pensar que revelando el hecho y sus 
sentimientos le estaba ofendiendo. Puedo comentar que esta señora que 
llevaba una larga historia de hospitalizaciones a raíz de los cuadros de 
ansiedad y depresión, luego de esta revelación y de la terapia subsiguiente 
logró finalmente que se le diera de alta.


¿Siente culpa el victimario?

La voluntad es el móvil de la acción del agresor, es de carácter subjetivo, 
cuya meta en este caso es el goce o placer, a tal punto que traspasa lo 
permitido, o sea que el victimario aún con pleno conocimiento de la norma 
jurídicamente establecida, a manera de control individual y social, la 
transgrede o sacrifica en beneficio de una satisfacción personal. Se da 
entonces un choque entre subjetividad y ley, eterno paradigma de lo que en 
1999 Gerez Ambertin llamó la lógica de lo prohibido. En donde la culpa como 
una entidad también subjetiva, podría mostrarse solo como un dolor o pesar 
del sujeto que ha recibido sanciones restrictivas por parte del sistema 
penal.

Cuando se experimenta culpa se llega a reconocer que algo de nosotros se ha 
visto comprometido en un hecho delictivo o criminal pese a haberlo hecho 
sobre el conocimiento de lo permitido o prohibido por la ley, algo que al 
parecer no sucede en el victimario, en parte porque los mecanismos de 
autocontrol resultan deficientes para elaborar un significado racional sobre 
el acto realizado y sobre las consecuencias que el mismo acarrea.

. La culpa como subjetividad no es separable de la persona por estar 
sometida a las peculiaridades de la individualidad, llevando esto a que en 
su experiencia y manifestación resultan determinantes los estilos de 
personalidad, las circunstancias ambientales, condiciones neuropsicológicas 
y capacidades cognitivas. Vemos así que en agresores bajo los efectos de las 
drogas, con deficiencia mental o afecciones psiquiátricas si bien subyace en 
ellos el placer como motivación de sus acciones, la voluntad y el 
conocimiento de la ley se encuentran afectados. Pero recalcamos que la culpa 
está en función de determinantes internos e inherentes al individuo, 
mientras la culpabilidad jurídica depende de lo establecido en la norma y de 
las decisiones que tomen los de administradores de justicia. La culpa es un 
constructo psicológico, la culpabilidad es de tipo jurídico y permite 
otorgar una condena.

La cultura y la sociedad (como macrosistemas) también juegan un papel 
determinante en cuanto a la responsabilizar por la culpabilidad en delitos 
como la violación o el abuso sexual, solo que ambas entidades responden a 
complejidades existenciales, de naturaleza y funcionamiento, que las llevan 
en algunas ocasiones, a escaparse de esa responsabilidad. No siempre la 
sociedad con el andamiaje y el alcance para lograr que la culpabilidad sea 
dirigida hacia el sujeto(s) merecedor(es) de ésta; En otras palabras la 
asignación de responsabilidades es un deber y un derecho de la sociedad como 
la declaración de imputabilidad es un deber y un derecho del juzgador, con 
la diferencia situación que la asignación de imputabilidad recae 
expresamente sobre una o varias personas y es responsabilidad inmediata de 
la autoridad (en la figura del juez), mientras que la sociedad somos todos y 
la cultura la hacemos todos, y esto nos lleva a la preguntas, ¿podríamos 
responsabilizarnos todos como colectividad? Y también ¿nos juzgamos todos y 
experimentamos la culpa todos?

Considerar la realidad bajo este velo de idealismo resulta en utopía, mas 
aun en la actualidad en que según muchos, el vacío existencial de nuestro 
tiempo anula la culpa. Aquí traigo el pensamiento de un teólogo y 
psicoanalista –psicoterapeuta, el profesor Eugeen Drewermann, quien en su 
obra "Angustia y Culpa" (1996) señala que la culpa ha dejado de enfocarse 
desde la tradicional ética moral y se ha convertido en una sensación 
subjetiva de que no se es culpable de nada. Es la transición a un fenómeno 
de vacío existencial por pérdida y extravío del yo, de un sentimiento de 
irresponsabilidad por vivir como se vive y de impotencia al no poder cambiar 
las cosas.

Con una sociedad en tales condiciones, que evade la culpa subjetiva para no 
descubrir los verdaderos sentimientos sobre algo que no encaja dentro de la 
ley moral, lo esperable sería que el sentimiento de culpa de toda una 
cultura se mantenga en las víctimas, protagonistas pasivos de su propia 
subjetividad dentro de la escena del abuso sexual y para quienes no basta el 
trabajo terapéutico de retribución de la culpa en terapia cognitivo 
conductual o intervenciones psicoanalíticas o de algunas de las corrientes 
que ayudan al psicólogo en su ejercicio clínico.

Falta que se remuevan paradigmas de género de nuestras sociedades, que se 
creen a nivel de instancias legales mecanismos adecuados de atención a las 
víctimas de delitos sexuales y por consiguiente, se logre la formación de 
recurso especializado que obtenga la eficacia con estos mecanismos para 
evitar la revictimización, en especial responsabilizándonos los 
profesionales de la Psicología por el perfeccionamiento en nuestros campos 
de especialidad. Se requiere con urgencia del trabajo preventivo con niños y 
adolescentes para que por medio del aprendizaje se adquiera el conocimiento 
y las actitudes que estamos necesitando para cambiar los mencionados 
paradigmas, que mientras se mantengan vigentes cimentarán y fomentarán el 
sentimiento de culpa en las víctimas de delitos sexuales.

BIBLIOGRAFIA


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1998, tercera edición; 382 pgs.


BERLINERBLAU, VIRGINIA "Abuso Sexual" en "Violencia Familiar y Abuso Sexual" 
de Lamberte –Sánchez- Viar (Compiladores). Argentina, 2003; 334 pgs.


CALVI, BETTINA "Abuso Sexual en la Infancia. Efectos Psíquicos". Lugar 
Editorial, Argentina, 2005; 134 pgs.


DE LEON, G. Y ALVAREZ, C. "Abuso Infantil. Evaluación y Tratamiento". 
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FIGARI, RUBEN "Delitos de Indole Sexual". Ediciones Jurídicas Cuyo. 
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PAPALIA, DIANE "Psicología del Desarrollo". Ediciones Mc Graw Hill, 
México,1999, séptima ed.;671 pgs.


PLAT, GONZALEZ, M. Artículo extraído vía Internet de su tesis de Grado en 
Psicología "El Nivel de Presión según el Inventario de Beck que vivencia la 
Mujer que sufrió abuso sexual en la infancia". Instituto Mexicano de la 
Pareja. http//www.ametep.com.mx


PEREZ AMBERTIN, MARTA. "Ley y Subjetividad" tomado del Seminario "El Sujeto 
ante la Ley: Culpabilidad y Sanción", Programa de Seminarios por Internet 
Edu Psi, http//:wwwedupsi.com/culpabilidad


VAQUERA, GUSTAVO "Mas Allá de la Condena en el ASI" (2005), "El Sitio de la 
Culpa en los casos de Abuso Sexual Infantil" y "La Culpabilidad de la 
Víctima", tomados de archivos de psicologiajuridica.org




Fuente: IRIS GUADALUPE AYALA de consult-art" 

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