viernes, 25 de mayo de 2012

PREVENCION SOCIAL ANTE CATASTROFES


Por Andrés Penachino

Cuando se produce una catástrofe, ésta se puede deber a razones naturales o provocadas por el hombre.
Las catástrofes provocadas por la naturaleza se vienen sucediendo desde la aparición de la especie humana. El Diluvio Universal, Pompeya y Herculano y otras, quedaron plasmados en los sagrados libros como castigos divinos. Hoy, ante el avance de la tecnología, podríamos decir que el castigo divino es el castigo de "los improvisados".

Se nos presentan además otros tipos de catástrofes, las provocadas por el hombre.

La revolución tecnológica desde su comienzo hasta la actualidad, ha dejado una gran cantidad de improntas muy grandes, y hoy vemos sus consecuencias buenas y malas.

Lo cierto es que las catástrofes se han vuelto más complejas conforme al desarrollo logrado, dando paso a las catástrofes sociales y/o tecnológicas, y a la asociación errónea de las mismas con los meteoros naturales.

Esto nos dice a las claras que la civilización tiene un costo. Y es innegable que la previsión puede limitar los alcances de un hecho fortuito. No se puede, en modo alguno, justificar los daños ocasionados, más allá de los admisibles e imposibles de evitar a la fatalidad.

Si existen los medios adecuados dispuestos como medidas pre-emergentes, y se utilizan en el momento oportuno, se puede acotar el daño a lo mínimo imprevisible.

Aún en la devastación que provoca una guerra, con la organización ante emergencias se pueden mitigar sus efectos. Un claro ejemplo fueron los equipos de observadores voluntarios ingleses de incendios durante la Segunda Guerra Mundial.

Corría el 12 de octubre de 1940 en la Inglaterra devastada por las toneladas de bombas descargadas por la aviación alemana. El retiro de Neville Chamberlain, forzado por su  grave enfermedad, condujo en Inglaterra un importante cambio en los Ministerios. No obstante, durante la gestión de Chamberlain se había organizado en su gabinete un Comité de Defensa Civil. Este comité se reunía regularmente todas las mañanas para estudiar la situación, que variaba cada día a medida que las ciudades iban siendo destruidas por los ataques alemanes.

El recién nacido gabinete ministerial de Winston S. Churchill debió variar su política, debido al cambio del enemigo en su método de ataque.
Con la luna llena del 15 de Octubre, 480 aeroplanos alemanes arrojaron unas 380 toneladas de bombas de alto poder explosivo, además de unas 70.000 bombas incendiarias.

El Comité de Defensa Civil hasta esa noche había instado a la población a acudir a los refugios subterráneos, mientras se trabajaba denodadamente para construir nuevos.
El nuevo ministro del Interior debió sustituir la orden de "acudir a los subsuelos", por la de "subir a los techos". Se puso en marcha y en escala gigantesca una organización de vigilancia y de servicios contra incendios que cubrían toda la ciudad de Londres, aparte de otras medidas tomadas por distintas ciudades de provincias.

Al comienzo, los observadores fueron civiles, voluntarios. Los ciudadanos, con un breve entrenamiento, en muy poco tiempo habían adquirido la experiencia suficiente para identificar cada noche miles de incendios, y alertar a los cuerpos de bomberos para ser extinguidos antes de que se propagaran. Las guardias nocturnas en las azoteas se hacían noche tras noche, bajo el fuego enemigo y sin otra protección que un casco metálico.
La guardia contra incendios deja de ser voluntaria para pasar "no sin antes lograr el consentimiento general", a ser obligatoria. También se unificó el Servicio Nacional contra Incendios.  La centralización del servicio de incendios proporcionó una mayor movilidad, mejor adiestramiento y mejor organización.
Se organizaron columnas regionales prestas a dirigirse a cualquier punto de la ciudad en contados minutos. Se repartieron un gran número de uniformes a los miembros de esta nueva organización, quienes poco tardaron en entender que constituían la "cuarta arma" de la corona.
Las mujeres desempeñaron un importante rol en la Guardia Contra Incendios, donde actuaron con gran valentía. También prestaron una ayuda invalorable en los refugios.

Londres y otras ciudades para ese entonces estaban devastadas, las bombas caían sobre las ruinas, provocando sólo daños sobre escombros; nada quedaba por quemar o destruir. Sin embargo, los sobrevivientes hacían de las ruinas sus hogares, y desde allí salían a trabajar todos los días. Algunos de ellos también hacía guardias en la noche.
Este es un episodio de guerra, donde la solidaridad del pueblo inglés, aún a riesgo de su propia vida, mancomunando esfuerzos con los hombres que hacían la guerra, logra disminuir notablemente los daños que provocaban las bombas caídas sobre ellos.

La historia está plagada de esfuerzos solidarios, en los que la ciudadanía se organiza y colabora con el Estado para mitigar algún evento o una catástrofe, tal como el ejemplo del pueblo inglés.
Al abordar esta cuestión, conviene tener presente que las catástrofes son fenómenos colectivos. Es lógico entonces abordarlo a través de un sistema colectivo.

Las catástrofes son eventos repentinos y generalmente imprevisibles, pero lo que marca a fuego es la desproporción repentina entre la magnitud del daño y las estructuras encargadas de controlarlo, especialmente cuando aquellas estructuras quedan desarticuladas por la catástrofe misma.
A este evento se lo denomina segunda catástrofe, la que desemboca en la ausencia o la mala utilización de los recursos disponibles.
La duplicación de esfuerzos descentralizados y desorganizados redobla, a su vez, los costos de los recursos económicos y los recursos humanos.
En nuestro país existe una notoria ausencia de centralización conductiva que lidere la multiplicidad de Organizaciones Gubernamentales y No Gubernamentales convocadas y autoconvocadas en situaciones de desastre nacional y/o regional, y en la ejecución de las decisiones que se impongan.
Tal cual el citado ejemplo inglés, esta centralización conductiva deberá asimismo promover la descentralización operativa para evitar la burocratización inconducente en situaciones que, por el alto impacto psicológico en la población, provoquen la reprobación popular.

Falencias

La ausencia de un Mapa Nacional de catástrofes pormenorizado, producto de una minuciosa valoración de riesgos y evaluación de vulnerabilidades reales y/o probables de cualquier índole y magnitud con aproximación al impacto económico inicial.
La ausencia de un Registro Nacional de los recursos materiales y humanos, con detalle de su capacidad real y/o potencial, tiempo de empleo y alcance, que contemple todo tipo de organización posible.
La ausencia de Planes de emergencia -tipo estándar- ante situaciones de catástrofes, que determinen la estructura jerárquica y funcional de las autoridades y organizaciones llamadas a intervenir, para su empleo inicial, lo suficientemente flexibles para permitir la inclusión o modificación de medidas ante una realidad concreta, como asimismo la coordinación de recursos tanto públicos como privados.
La ausencia de una currícula que defina el perfil y nivel de capacitación necesaria para desempeñarse en equipos de catástrofes, tendientes a disminuir la improvisación y/o disparidad de criterios en el accionar de los grupos.
La ausencia de un marco legal que proteja el accionar de los socorristas en circunstancias de excepcionabilidad donde, si el bien jurídico más importante es salvar la vida humana, es difícil de aplicar, y más aun de juzgar y/o sancionar.

El temporal de Abril de 2012 que azoto a gran parte del GBA es un ejemplo, más que valido y actual, de todas estas falencias.
Esto pasa porque quienes debieran planificar tienen poca conciencia de la rentabilidad de la prevención.
En aquella situación se manifestó una notoria ausencia de un plan de emergencia estándar que determinase una estructura jerárquica y funcional, de las autoridades y organizaciones llamadas a intervenir, como así también de la coordinación de los recursos públicos y privados.
“Donde nadie manda, todos mandan; donde todos mandan, nadie manda”. Es el caos -previno el pensador Bouset-.
Esto nos lleva a pensar ¿cuánta seguridad hace falta?
Prevenir es anticiparse, tal es el caso del terremoto acontecido en 1997, en la ciudad de Los Ángeles, que se produjo a sólo dos semanas de haberse ejecutado un simulacro de evacuación general en la ciudad, provocando así escasas victimas.
En mayo de 2004, tras un simulacro se evacuó la localidad de Dunquerque, con el argumento de una catástrofe nuclear provocada por el estallido de un reactor ubicado en esa localidad. De ocurrir realmente esta catástrofe cada ciudadano de Dunquerque sabrá exactamente qué hacer.
Nuevamente, cabe preguntarnos ¿cuánta seguridad es suficiente?
Situándonos como víctimas de una catástrofe potencial podemos alcanzar una idea de esa necesidad, la que convendría ser manejada bajo las pautas que se dan a continuación.

En este punto deberemos analizar:

Vulnerabilidad:

Selección del tipo de catástrofe; identificación de componentes; determinación de efectos sobre sistemas; estimación de recursos y su capacidad de respuesta; determinación de componentes caóticos; frecuencia y magnitud posible; puntos débiles y fuertes; daños físicos en estructuras; contaminación; comunicaciones, transporte, recursos comunitarios; instituciones; organización; reserva de agua y alimentos; otros.

Catalogación del riesgo potencial:

Descripción del tipo de riesgo; localización geográfica del riesgo; análisis de consecuencias; delimitación de las áreas de riesgo; otros.

Esquema del plan de emergencias:

Catalogación de recursos y medios; procedimientos de activación del plan; desarrollo del plan; procedimiento de desactivacion del plan; evaluación, revisión y actualización del plan; otros.

Capacitación y formación:

Programa de simulacro y ejercicios; campañas de información y sensibilización; Cursos y sesiones de capacitación; educación pública.
La organización ante las emergencias o eventos de gran crisis es un derecho y una necesidad en la sociedad contemporánea. La articulación de las organizaciones creadas para afrontar las catástrofes aparece entonces como una necesidad imperiosa en los tiempos que nos toca vivir.

Fuentes consultadas:

La Segunda Guerra Mundial, por Winston S. Churchill.
Prevención Social ante Emergencias, de Juan C. Tobar y Susana B. Pastor.
Material del Programa Comunidades Seguras.

Andrés Penachino

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