miércoles, 2 de marzo de 2016

ESTA NOTA FUE ESCRITA ANTES DE QUE SE CONOCIERA LA MUERTE DEL FISCAL ALBERTO NISMAN



publica Andres Penachino

Por Gustavo Perednik: Escritor y filósofo.
Desde las páginas de Matar sin que se note (2009) intenté destacar la importancia de la obra del Fiscal Alberto Nisman, que merecerá estudio en los manuales de historia argentina.
Rodeado de resentidos, mediocres y confusos; en pugna contra apáticos, refractarios y cínicos, Nisman ha conseguido, una vez más, hacer prevalecer la verdad de los hechos por sobre la vacuidad de la descalificación y el insulto. Él lo llama “la dictadura de las pruebas”.
Somos testigos de una tercera vuelta de tuerca, valiente y laboriosa -una verdadera perla de la Justicia argentina, plasmada en tres etapas: 2006, 2013, y 2015. Paulatinamente, emerge un cuadro general cada vez más grave.
El primer documento (el dictamen del 25 de octubre de 2006) demostró la culpabilidad del Estado terrorista de Irán en los atentados en Buenos Aires. El segundo (del 29 de mayo de 2013) probó que dichos atentados no son agresiones aisladas, sino parte de una red terrorista internacional que ha declarado la guerra a las sociedades libres.
El tercero -la incriminación del 14 de enero de 2015- viene a demostrar que la presidente argentina y su cancilleresco mayordomo se propusieron fraguar la inocencia de los perpetradores y blanquear a los responsables del mayor atentado terrorista que padeció la Argentina.
Se ha instalado en las altas esferas del país la más traicionera corrupción, una que vende la Argentina, la justicia y la memoria de las víctimas.
La motivación de los traidores es doble: por un lado la miopía del anacrónico chavismo y, por el otro, los más espurios intereses económicos. Miran la geopolítica trabados en el desvarío de “enfrentar al imperialismo”, y al mismo tiempo cuidan al Irán terrorista como socio comercial a ultranza.
Este tercer estadio de la trilogía Nisman, abre una página histórica impredecible. Constituye, asimismo, un homenaje póstumo al periodista Pepe Eliaschev z”l, artífice de la primera y osada denuncia del infausto memorracho.
Me permití cerrar Matar sin que se note con zéjel de tono martínfierresco, que reza: Discutirán tu equidad, / tu intención, alcurnia, edad, / pero jamás el Dictamen, / porque en sus excusas, saben:/ que cuando ellas se acaben, quieta espera la verdad.
Así es hoy también. La admirable trilogía Nisman descansa en la incólume verdad de los datos, las pruebas, y la investigación profesional. Podrá la jauría D’Elíesca ladrar contra el fiscal, agredirlo, cuestionar sus motivaciones, su personalidad, y los servicios conspiranoicos que presta al imperio sionista rector de la galaxia.
Pero no puede ni podrá, porque es imposible, refutar racionalmente la verdad cristalina que se desprende de las 300 páginas incriminatorias.
La dictadura de las pruebas
Dos años antes de la firma del memorracho, Cristina y su secuaz comenzaron a negociar y organizar la impunidad de los prófugos iraníes. Nestor, quien siempre había considerado el manejo de la causa AMIA una “desgracia nacional”, acababa de fallecer.
Por ello, el dúo decidió acercarse a Irán para aliviar la crisis energética argentina; se propusieron trocar con el régimen judeofóbico y asesino petróleo por granos, y aún venderle armas a los ayatolás.
Para ello no trepidaron siquiera en establecer contacto indirecto con el cabecilla del atentado, Mohsen Rabbani, ante quien el mayordomo cancilleresco se comprometió a persuadir a Interpol de que cancelara las alertas rojas contra los terroristas iraníes. No había previsto que chocaría con la negativa de la entidad policial, que no estaba a la altura de la bajeza moral del ministrito.
El objetivo era desviar la investigación, abandonar el reclamo argentino de justicia, ensuciar la Causa AMIA (la tildaban de “paralizada”). Frente al intermediario iraní (Jorge “Yussuf” Khalil) pusieron a eminencias como intermediarios argentinos: Esteche, D’Elía y Larroque. Pobre Argentina.
Además, a fin de armar la hipótesis fraguada requerían de alguien que conociera cabalmente el expediente judicial. El servidor en cuestión fue Héctor Yrimia, ex fiscal de la causa AMIA que supo proveer de la información necesaria para acomodar la historia a la nueva etapa de la Justicia argentina –la del bochorno.
La maniobra se puso en movimiento en enero de 2011, en Alepo, en la reunión entonces secreta entre los cancilleres de Irán y de Argentina. Éste transmitió a su par iraní la decisión del gobierno de Buenos Aires de abandonar el reclamo de justicia, una decisión que enterraba la política justiciera seguida desde 2003.
Una vez decidida la impunidad, y ya puesta en marcha la pista falsa, se firmó el memorracho de enero de 2013 que, ahora sabemos, lejos de inaugurar la maniobra fue en cierto modo su conclusión.
La “Comisión de la Verdad” establecida a la sazón no vino a investigar, sino a confundir con hipótesis falsas y a deslegitimar la causa judicial argentina. El compromiso secreto de la Argentina con los ayatolás fue hacer voltear de inmediato las notificaciones rojas, pero Interpol no se avino a ello, lo que provocó la desazón de los ayatolás.
Comenzaron a operar personajes siniestros de uno y otro país, judeófobos diplomados que respondían a un mismo perfil: están cercanos al poder pero no ocupan cargos oficiales. Luis D’Elía y Jorge “Yussuf” Khalil, ninguno ejerce cargos públicos pero los dos mantienen una consustanciación irrestricta con el poder.
La trilogía Nisman ha desbaratado el ardid más oprobioso que registre la historia argentina. Después de tanto escepticismo y malestar con la Justicia, sopla una brisa de alivio que dará frutos a las próximas generaciones de argentinos.
Por Gustavo Perednik: Escritor y filósofo.
Periodismo de opinión e investigación
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