domingo, 24 de julio de 2016

EL PELIGROSO ACOSTUMBRAMIENTO DE CONVIVIR CON EL DELITO


PUBLICA ANDRES PENACHINO

Hace aproximadamente 20 años, la Argentina comenzó a dejar de ser el país que era en términos de seguridad pública. Los delitos, tanto en número como en sus características, fueron cambiando.
Nos acostumbramos al robo de los equipos de música de los autos, blindamos las puertas, vinieron las rejas y la seguridad privada, el Estado se ausentó y llegamos a la situación actual.

El debate público muy rápidamente se polarizó en la discusión "garantistas" versus "mano dura". aparecieron los primeros casos de justicia por mano propia que, al principio, conmovieron a la opinión pública -caso ingeniero Santos- y que luego se fueron integrando al paisaje de una sociedad sin respuestas frente al problema que la agobiaba.

Más adelante, el eje de la cuestión fue la inimputabilidad de los menores, la tolerancia "cero" la Policía Metropolitana. Como muchas otras veces, mientras discutimos se hace poco o nada y los problemas se agravan, sin que pareciera que fuésemos capaces más que de generar nuevas discusiones. La ciudad le reclama a la Nación fondos para la policía, la Nación dice que no le corresponden y hasta nos enteramos de que la ciudad le debe dinero a la Policía Federal, razón por la cual se dispusieron menos policías en la calle, o sea, más territorio liberado.

En medio de todo, están los que van a trabajar todos los días, los chicos que asisten a la escuela, los jubilados cobrando sus jubilaciones y la lista sigue...

Calidad de vida. Mientras tanto, el deterioro de la calidad de vida de las personas crece exponencialmente.
Las investigaciones llevadas a cabo sobre estos temas por el Centro de Opinión Pública de la Universidad de Belgrano muestran que a lo largo de los últimos cuatro años, en promedio, más del 50% de la gente modificó sus hábitos de vida por temor, redujo su vida social, se retrajo. Sistemáticamente, también en los últimos cuatro años, más del 70% de los ciudadanos percibe que la inseguridad es alta. Un 65% cree, asimismo, que aumentó en ese mismo período. Tampoco confían en que se haga nada eficaz para cambiar esto.

La gente siente que cada día que pasa aumentan sus probabilidades de ser víctima de un delito, ella misma o sus seres queridos. Cuando le sucede, salvo que sea inevitable, no lo denuncia. Doble deterioro: es víctima y, además, no puede defenderse a través del sistema. Por si esto fuera poco, hay un costo psicológico que se expresa en el aumento de las ansiedades sociales y la frecuencia de las consultas por ataques de pánico

Los especialistas coinciden en que la marginalidad, la mala alimentación infantil, la ausencia de lazos familiares, criarse en las calles, no acceder a la educación, entre otros factores, crean las condiciones ideales no sólo para el aumento del número de delitos sino para que la crueldad involucrada en cada caso sea cada vez mayor. Se acabaron los "códigos", da lo mismo matar o no, como si la falta de sentido de la vida propia, esa suerte de presentismo sin horizonte de futuro alguno, se expresara al disparar un arma. Finalmente, si ni mi vida ni la tuya, para mí, tienen valor, se vuelve sencillo concluir con cualquiera de ellas.

¿Penas más duras? Es simplificar la cuestión. Ante todo, penas que se cumplan y el final de la impunidad. Quien comete un delito no piensa en el monto de las penas, piensa en que no va a ser castigado, el famoso "no pasa nada" tan argentino y luego continúa sin parar. Apuesta y además gana, muchas veces por la impunidad. Quizás, aún más grave es pensar que probablemente tampoco a algunos de ellos les preocupe mucho lo que les pueda suceder, finalmente la vida es el horror en el que han vivido y el futuro que no existe más allá de la montaña rusa de la adrenalina y el paco.

Raíces. Pero es necesario ir a las raíces del problema, entender y asumir que la trama social que caracterizaba a la sociedad argentina hasta la década de 1970 se fracturó. No nos engañemos, ya no existe. La educación y la salud públicas desaparecieron mientras crecía la marginalidad. Como el sapo en la sartén que se cocina vivo, nos acostumbramos a que la gente durmiera en las calles, a que nos mendigaran en algunas esquinas y luego en todas. A ver niños crecer sin sus familias viviendo ajenos a una sociedad que los contuviera, educara y protegiera transmitiéndoles los valores de la convivencia social. Se desconectaron de la sociedad cada día y cada año segmentos más grandes de la población.

Este proceso ha sido la crónica de una muerte anunciada de la que muchos hemos sido partícipes por omisión y otros por incapacidad, negligencia o, peor aún, por complicidad y conveniencia.

Hay mucho que se puede y debe hacer, desde el Estado y desde cada uno de los ciudadanos. Ortega y Gasset nos dijo hace setenta años: "Argentinos a las cosas". Es hora, a las puertas del bicentenario, de que empecemos. Porque si el símbolo de esta situación es la discusión sobre quién le paga a la policía, nuestro futuro sólo puede ser muy sombrío.

LA FOTO ES EXTRAIDA DE INTERNET Y NO TIENE QUE VER CON LA NOTA
FUENTE Orlando D´Adamo

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