lunes, 15 de agosto de 2016

SERAS LO QUE DEBAS SER O NO ERES NADA


Por Andres Penachino

Cuando se vive en el pasado no hay lugar para al futuro. A fuerza de indagar lo pasado se vuelve uno cangrejo. El que mira para atrás termina creciendo para atrás.

Seras lo que debes ser o no seras nada previno el Libertador San Martín. La Argentina nació con vocación de imperio y esta en quiebra. Quiebra espiritual y física, política y económica.

Hace noventa años, el porvenir se nos antojaba nuestro y nos envidiaba el mundo. Hoy somos uno más entre los piases en crisis. Hemos dejado de imponer respeto, solo inspiramos desazón o lástima.

Muchos de nuestros compatriotas se han dado por vencidos. Los años de fracaso fueron demasiado largos, y están cansados de esperar en vano una recuperación que no llega.
El pueblo está confundido, sin horizontes, sin esperanzas.
Basta con mirar a nuestro alrededor para que el menos despierto perciba las manifestaciones exteriores de nuestra tragedia y descubra que son abrumadoras.

Pero nuestra Argentina no siempre fue así.

La Argentina cumplió su papel hasta la crisis de 1929. Mientras Europa se especializaba como productora de bienes manufacturados, la Argentina llegaba a ser granero del planeta y se convertía en uno de los resortes vitales del desarrollo universal.
De todas las latitudes viajaban hasta estas playas, gentes ansiosas de unir sus energías a las del joven organismo que tanto vigor aparentaba.Filósofos, estadistas y hombres de negocios creían estar asistiendo a la gestación de una formidable potencia. La Argentina estaba incorporada a la historia, porque contribuía a hacerla.
Después todo cambio. El año 1929 fue el jalón que separo dos épocas. El viejo continente empezó a buscar otros horizontes. Los moldes clásicos del comercio comenzaron a cambiar hasta quebrarse, surgieron esferas de influencia diferentes y se acelero una evolución política, ideológica y social que, a través de casi dos décadas junto con una guerra mundial terminaría por transformar la fisonomía de las naciones.
Entretanto, la Argentina permanecía sin comprender lo que ocurría. Engañada por la espontaneidad de su crecimiento inicial, había concebido sueños de grandeza fácil y continuo creyendo que le bastaba la posesión de sus fértiles pampas para proseguir la lucha hacia delante.
Con la mirada y el alma aferradas al pasado, careció de la envergadura que se requería para modificar sus estructuras, satisfacer el clamor popular de justicia, corregir el incipiente entumecimiento de sus células y tejidos, y retornar a su puesto de vanguardia.
Encandilada por lo que una vez pareció fuente inagotable de riqueza, fue incapaz de advertir que sus antiguos clientes podían ya manejar a su antojo el mercado agropecuario y dictarle condiciones. Es cierto que la carne y el trigo seguían alimentando a Europa. Pero no era lo mismo. La Argentina había abandonado la delantera y se arrastraba como furgón de cola. Todavía vive de sus exportaciones pero prisionera de ellas.
El esfuerzo Argentino sigue siendo parte del trabajo de la humanidad. En términos económicos podría decirse que contribuye a formar el producto bruto mundial. Pero solo en la manera que lo hacia en el siglo pasado. Como el de los países pobres, no tiene importancia ni calidad creadora. Le falta valor propio. Sirve únicamente en la medida en que los grandes países se deciden a aprovecharlos. La Argentina se ha hundido en la obscuridad de las ínfimas empresas que intenta. Ha quedado fuera de la Historia.


Aunque atendamos complacidos los discursos oficiales de los últimos 30 años, colmados sistemáticamente de alabanzas, virtudes y magnificencias supuestamente argentinas, y que desgraciadamente solo afloran en las proclamas convencionales, la realidad se nos impone con demasiada crudeza para poder ignorarla.
No pueden ambaucarnos las palabras cuando contemplamos azorados “nuestras” cada vez más incipientes “villas miseria”, nuestras fabricas paralizadas, las calles desechas, nuestros campos desiertos, nuestras escuelas y hospitales pauperrimos. Tampoco nos confunden cuando nuestros profesionales emigran hacia países donde envían cohetes al espacio, se controla la energía atómica, se multiplican los complejos industriales y aumenta vertiginosamente el nivel de vida de sus poblaciones, con un ascendente nivel de preparación técnico cultural. 
Cuando vemos que los jubilados cobran míseras jubilaciones, que la delincuencia juvenil se propaga, el descorazonamiento de la clase media y la insinceridad de nuestros dirigentes.
Hace años que asistimos impávidos a un proceso de “desorganización nacional”, donde la aplicación de una política que condujo a la corrupción de las mentes y la laxitud en las voluntades duró casi medio siglo, dejando una economía destrozada por un sistema que premió la especulación, la usura y la explotación de los esfuerzos y vida del prójimo.
La creencia nacional de que un partido roba pero hace y el otro es honesto pero inútil a la hora de gobernar, tampoco es cierta. Lo hechos de corrupción de la ultima década nos mostraron que roban mucho y hacen poco.
La ausencia de objetivos tiene larga data, impidiendo a la comunidad elaborar proyectos propios, cualquiera estos sean. Como no sabe que hacer, hacia adonde orientar sus esfuerzos colectivos, resulta imposible ordenarlos y definir él “como hacerlo”.

A la vez, la falta de objetivos aniquila la cohesión social. Como se ignora para que continuar trabajando con el resto, cada uno comienza a pensar en sí mismo y en la manera de lucrar con el trabajo de los demás.
El asunto es mas grave aun cuando se trata de la comunidad nacional. Porque no hay nación sin alma propia y el alma de la nación esta constituida precisamente por los vínculos de solidaridad que brotan de la conciencia, que un núcleo humano posee de estar llamado a una misión que lo distingue de los demás. Esa conciencia puede nutrirse del pasado o proyectarse hacia el futuro, pero está hecha de un sentido de misión. Y quien dice misión, dice objetivo. A falta de objetivo pues, no hay misión ni política ni nacional. La Argentina desapareció del mapa internacional por completo. Los únicos países de América Latina que cuentan en el mundo son Brasil y México, a quienes los argentinos miraban desde arriba. Chile, Perú y Uruguay se encaminan hacia un futuro promisorio.

La Argentina carece de objetivo. Desconoce cual es la misión que como pueblo podría cumplir en el concierto universal y no percibe siquiera la ubicación que le corresponde en el campo mundial.
Incapaz de formular una política propia, se limita a ir a la zaga de otros países y porque solo se atreve a esperar que su salvación venga del exterior, admite que le dicten normas de comportamiento interno y directivas de conducta internacional.
Queridos compatriotas, hubo un tiempo que la Argentina tuvo ante sus ojos ideales concretos y bien diseñados. Fue la época en que sé hablo de nosotros como pueblo con vocación imperial, la época del crecimiento milagroso, de la fe en el porvenir, del orgullo, de la maduración de la nacionalidad.
No teníamos pasta de segundónes. Cuando la Argentina surgió a la vida independiente, no quedo satisfecha con la gesta revolucionaria. La hidalguía y el temple de su carácter reclamaban mucho más.

Obedeciendo a su sentido imperial, armo un ejército con el que cruzo los Andes y llevo en triunfo sus banderas hasta Lima. La Argentina empero, jamás tuvo el imperialismo del conquistador, sino el de apóstol. Por eso dio libertad a Chile y Perú y, mas tarde, adopto como lema de su conducta internacional la norma que ella misma proclamo y según la cual “la victoria no da derechos”.
Quien no ha nacido segundón, se hundirá en la frustración y la pena, a menos que viva como primogénito previno el Santo de la Espada. Y la Argentina nació para ocupar el lugar del primogénito, porque nació con vocación de imperio. Hace tiempo que Argentina dejo de ser fiel a su vocación y por eso va a terminar siendo nada.

Hoy experimenta una sensación de asfixia, los países que necesitan grandeza mueren por falta de ella, como si careciesen de aire.
Hay una sola respuesta, por ende, a la crisis que nos aflige: reencontrarnos en la grandeza de una misión imperial.
La triste visión de los signos en que la crisis se exterioriza alimenta el pesimismo de la multitud de derrotistas que se interpone entre la pobre Argentina de hoy y el futuro. La frustración nacional hoy esta cristalizando rápidamente en ese impulso de rebeldía que es el precursor de las revoluciones autenticas.
Ha llegado el momento de decidir si será lo que deba ser o si permanecerá siendo nada.

Andres Penachino

No hay comentarios: