lunes, 19 de septiembre de 2016

DEVOLVER LA CIUDAD AL CIUDADANO HONESTO


PUBLICA: ANDRES PENACHINO

No hay dudas de que los embates de la delincuencia inciden en la sensación de inseguridad. Pero los criminòlogos y estudiosos de la psicología social han establecido que este fenómeno también está vinculado a otros factores tales como: la estabilidad de las normas, la disponibilidad de servicios públicos  y el tratamiento del hecho delictivo en los medios de comunicación, entre otros.

Sin necesidad de hacer grandes encuestas, es posible determinar en qué lugares el ciudadano se siente inseguro. Y, como cree que lo pueden asaltar, va tendiendo barreras en su entorno, se atrinchera en su propio hábitat, crea fortalezas y barreras para acceder a su propio entorno. Rejas, muros con perémetro superior electrificado, candados, mallas de ciclón o de espiral, tecnologías de vigilancia perimetral, casetas y escoltas se transforman en elementos usuales del paisaje citadino.

La inseguridad salta a la vista. El ciudadano cumplidor de la ley percibe que el Estado fue sobrepasado en su capacidad de controlar las conductas antisociales, y cede los espacios públicos en un gesto de autoconservaciòn.  Posteriormente, va restringiendo sus propias libertades:  ya no circula como antes, ni se reùne con sus similares. Reduce los riesgos. Al anochecer, las calles quedan desiertas, a merced de los ladrones. Dentro de casa somos todos amigos, fuera de ella son todos sospechosos.

En estas situaciones, los espacios públicos cobran un aspecto peculiar. Se hacen más oscuros y desiertos, las paredes ya no están limpias como antes, la vegetación de los alrededores crece sin control, la basura y la chatarra se adueñan de los lugares que antes frecuentábamos.

Progresivamente nos vamos convirtiendo en rehenes de nuestra propia inseguridad. Una situación paradójica, en la que se enseñorea la anomia.  Nuestro ritmo de vida, nuestras creencias e incluso nuestra economía se transforman y adaptan a un hecho que creemos incontrolable.  La inseguridad trae consigo un impuesto indirecto, pues además de pagar –como tradicionalmente lo hacemos- el funcionamiento de las policías tradicionales, tenemos que sacar de nuestros bolsillos el sueldo de los vigilantes privados, que en países como México, Brasil, Colombia y Venezuela ya constituyen verdaderos ejércitos de cancerberos.

Por lo tanto, y aunque se trata de un estado psicológico, la inseguridad tiene consecuencias objetivas tangibles. Aún en economías no demasiado prosperas aún como la colombiana, por ejemplo, los servicios de vigilancia y protección constituyen una industria próspera. En Brasil o en México, el auge de los secuestros ha incrementado en enormemente la demanda de servicios de escolta.

Por lo tanto, la prolongación del estado de inseguridad representa una amenaza para la estabilidad de las instituciones y los gobiernos. En la América Latina, Presidentes, Gobernadores y Alcaldes comienzan a ser evaluados por su capacidad para meter presos a los ladrones. En Venezuela, la opinión pùblica ha llegado a plantear la pena de muerte como una alternativa.

El reto es devolverle la calle a los ciudadanos. Que salgan de su encierro. La convivencia va desplazando progresivamente a los antisociales, o los integra.  William Bratton, el famoso comisionado policial, reconoció alguna vez que esto solo es posible mediante un esfuerzo combinado entre los agentes y los vecinos.  El tiempo apremia.

FUENTE: PROGRAMA COMUNIDADES SEGURAS

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